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"Lía con tu pelo un edredón de terciopelo que me pueda guarecer si meencuentra en cueros el amanecer."
Oigo esa vieja canción mientras fumo un cigarrillo y el deseo de ti se hace más fuerte. Deseo de sentir tus dedos enredados en mi pelo, tu aliento susurrando en mi oído y tu boca recorriendo el terciopelo de mi piel. Y que el amanecer te sorprenda acariciando mi melena
"Lía entre tus labios a los míos. Respirando en el vacío aprenderé como por la boca muere y mata el pez”
Ofréceme tus labios trémulos buscando los míos. Que tu boca se convierta en bocado de dioses. Que matar o morir entre tus besos me sea indiferente. Que mi respiración se acompase al placer de desaparecer entre tus dientes, de que el mundo deje de tener sentido si tu boca no muere por encontrar la mía.
"Lías telaraña que enmaraña mi razón. Que te quiero mucho y es sin ton ni son."
Sin ton ni son, sin motivo ni razón, sin preguntarme si lo que me ofreces es amor o placer. ¿Y qué me importa eso si el sentimiento rebosa por mis poros y mi cerebro se enreda en la telaraña de tu cuerpo desnudo cuando estoy en tu cama? Me basta con encontrarte a mi lado cuando estiro mi brazo, y que mi mano roce tu piel caliente y saberte dormido junto a mí.
"Lías cada día con el día posterior y entre día y día lía con tusbrazos un nudo de dos lazos que me ate a tu pecho, amor."
Y conviertes mi vida en una sucesión de tiempos infinitos donde no importa el tiempo. Y tu abrazo me ata a tu pecho, y tu lengua me hace irremediablemente tuya, y tus piernas se anudan alrededor de mis caderas formando lazos de caricias, de besos, de deseo que crece.
"Lía con tus besos la parte de mis sesos que manda en mi corazón."
Y mientras me pierdo irremisiblemente entre tus brazos, siento como son tus besos mi motor. Los que consiguen que mi cerebro se olvide del mundo exterior, que nada exista fuera de ti, que sólo viva para sentir esa corriente eléctrica que extiendes por mi cuerpo cada vez que esparces tus besos por mi piel, centímetro a centímetro sin olvidar ningún pliegue, deleitándose en cada recoveco.
"Lías tus miradas a mi falda por debajo de mi espalda, y digo yo, quemejor que el ojo pongas la intención."
Y por un momento viene el recuerdo fugaz de aquellos días en que me desnudabas sólo con la mirada, sin atreverte a traspasar la frontera de mi espalda nada más que con tus ojos negros. Y cómo yo, con mirada de colegiala traviesa dirigía tus dedos hacia los botones de mi camisa primero y después hasta la hebilla de mi cinturón.
"Líame a la pata de la cama, no te quedes con las ganas de saber cuanto amor nos cabe de una sola vez.”
Y cómo aquella tarde en que la casa se quedó para nosotros solos te llevé de la mano hasta mi habitación y después de retirar con un solo movimiento los peluches que cubrían la cama hice de guía para que tus manos descubrieran el tacto de mi piel, el mapa de mi cuerpo. Y tú, explorador osado caminaste por el valle de mi cuello, por los montes de mis pechos, vadeaste los pocos obstáculos que se interpusieron a tu paso hasta derramarte en mí cual río en la mar.
"Lías cigarrillos de cariño y sin papel para que los fume dentro de tu piel."
Quiero ser el mayor de tus vicios, la nicotina que tu piel ansíe cada mañana al despertar y cada noche antes de dormir. Ser el humo que se adapte a los contornos de tu cuerpo, que lo recorra hasta sus más profundos secretos, hasta la menor de sus imperfecciones. Y a la vez deseo que seas mi adicción más profunda, mi droga sin remedio.
"Lías la cruceta de esta pobre marioneta."
Sabes que puedes convertirme en una simple marioneta, mover cada uno de mis músculos con la simple caricia de tu voz; erizar el vello de mi cuerpo con el sólo roce de tus uñas; conseguir que me mueva al ritmo que marca tu cintura.
"Y entre lío y lío, lía con tus brazos un nudo de dos lazos que me atea tu pecho, amor. Lía con tus besos la parte de mis sesos que manda enmi corazón."
Quita el cigarrillo que cuelga de mis dedos, anuda tus brazos alrededor de mi cuerpo, mis piernas con las tuyas y no te líes más. Sólo hazme el amor.
jueves 24 de diciembre de 2009
lunes 21 de diciembre de 2009
La China

Ya habían anunciado que el frío llegaría de repente pero hacía días que esperaba esa tarde de viernes sin trabajo para acercarme a Madrid, “a ver las luces”, ya llevaba años sin ilusionarme con ellas y éste era diferente, nada iba a estropearme el día y mucho menos unos pocos grados bajo cero. Pude notarlo nada más salir de la estación del tren, el frío mordía feroz, según acababan las escaleras mecánicas y asomábamos a la calle, nos subíamos la bufanda, bajábamos el gorro y nos ajustábamos los guantes. También fue entonces cuando la vi por vez primera, estaba muy quieta, su rostro aniñado transmitía dulzura, paz. Me paré un solo instante a mirarla y seguí mi camino. Las luces iluminaban el cielo de la ciudad. Desde el arcoíris multicolor de Chueca que hacía llover alegría a la calle helada, hasta las elegantes bombillas de Preciados o las modernistas, horizontales, folclóricas, etc que llenan todo el centro de Madrid.
Otro de los elementos típicos de mi ciudad en estos días son los árboles navideños, nada que ver con el inmenso pino de mi infancia, ese que adornaba La Puerta del Sol y los anuncios de Coca Cola. Ahora todos son de diseño, compitiendo a ver cual llama más la atención, cual brilla más o tiene más colorido. Allí estaban ese tan raro hecho de cubos en La Gran Vía, el otro más tradicional en La Plaza de España o el remedo de mi añorado abeto de La Puerta del Sol.
Madrid estaba perfecto el pasado viernes, vivo, bullicioso pero aún sin el agobio que imagino llegará en los próximos días. Incluso La Plaza Mayor parecía estar medio vacía a pesar de los típicos tenderetes navideños de belenes y bromas. Este año un carrusel invitaba a los niños a subir justo antes de ir de puesto en puesto para conseguir esas figuritas que cada año se olvidan de volver a su caja de cartón el siete de enero. Por supuesto estando en este lugar no podía faltar el paso por los bares donde degustar los bocatas de calamares, también los de toda la vida. Y para finalizar, antes de volver otra vez al tren que me llevaría de vuelta a casa, una trufa en La Menorquina y unas castañas asadas para el camino. Era una especie de peregrinación por mis lugares de siempre, de algún modo mis señas de identidad. Un viacrucis gozoso.
Allí seguía la mujer, justo debajo del cartel de la tónica Schweppes símbolo de La Gran Vía. Al fijarme más en ella pude ver que era china, bueno oriental. Su rostro seguía transmitiendo serenidad desde el catre en el que parecía dormir. Se tapaba con una manta aparentemente muy fina, con toda seguridad insuficiente para el frío que hacía y que se anunciaba en aumento para el fin de semana. Por un instante se hizo el silencio, se apagaron las luces, fundido en negro. Entré en la estación de metro como una autómata, sin dejar de mirarla ya sin verla. Después me olvidé de ella.
El sábado volví a Madrid, como casi todos los sábados comida familiar en casa de mi madre. El frío era terrible. La china, su cara blanca, inexpresiva, ya sin paz se coló sin permiso entre mis pensamientos, desde entonces no he podido deshacerme de ella.
lunes 14 de diciembre de 2009
Utopías
Ese final del camino al que nunca llegamos, donde se junta el cielo con la Tierra, pero que nos obliga a seguir caminando.
A unos pocos.
Buscando.
El sueño en el que volcamos nuestras ilusiones a pesar de que todo parece decir que luchamos por un imposible. La fe ciega que nos impulsa a seguir más allá de cualquier límite razonable.
La esperanza.
La dificultad para conseguir ese sueño que tan real nos parece, sólo a nosotros. La apuesta con nosotros mismos, empeñados en ganar. El absurdo convertido en el más sensato de los objetivos. La sinrazón como la mejor de las razones.
La fuerza.
Nosotros.
Cuando los hombres sabios dicen “no” y nuestra voz vibra con un “sí”.
Podemos.
Quizás al final la caída sea memorable. Nos partimos en mil pedazos, el ruido de cristales rotos se expande por todo el universo y lloramos sangre. Nos cubre una mortaja de impotencia, de desesperación, de desaliento.
Pero cuando la lluvia nos lame las heridas y deshace las vendas que nos cubre, cuando el aire helado de la mañana nos da en la cara de lleno, nuestro primer aliento siempre es para volver otra vez a soñar en alcanzar aquella delgada línea que se ve allá a lo lejos justo donde acaba el suelo y empieza el firmamento.
Caminantes.
El premio, la utopía.
A unos pocos.
Buscando.
El sueño en el que volcamos nuestras ilusiones a pesar de que todo parece decir que luchamos por un imposible. La fe ciega que nos impulsa a seguir más allá de cualquier límite razonable.
La esperanza.
La dificultad para conseguir ese sueño que tan real nos parece, sólo a nosotros. La apuesta con nosotros mismos, empeñados en ganar. El absurdo convertido en el más sensato de los objetivos. La sinrazón como la mejor de las razones.
La fuerza.
Nosotros.
Cuando los hombres sabios dicen “no” y nuestra voz vibra con un “sí”.
Podemos.
Quizás al final la caída sea memorable. Nos partimos en mil pedazos, el ruido de cristales rotos se expande por todo el universo y lloramos sangre. Nos cubre una mortaja de impotencia, de desesperación, de desaliento.
Pero cuando la lluvia nos lame las heridas y deshace las vendas que nos cubre, cuando el aire helado de la mañana nos da en la cara de lleno, nuestro primer aliento siempre es para volver otra vez a soñar en alcanzar aquella delgada línea que se ve allá a lo lejos justo donde acaba el suelo y empieza el firmamento.
Caminantes.
El premio, la utopía.
miércoles 9 de diciembre de 2009
Policromático

El tibio sol baña el medio día y en el jardín el verde de la hiedra se funde con el azul de un cielo al que unas nubes juguetonas le dan el toque velazqueño. Los pájaros pían sin dejarse ver, todos excepto un mirlo que se posa descarado en la hierba recién replantada para comerse la semilla. Los árboles mueven sus hojas perezosamente bailando con la brisa. El perro de la esquina ladra moviendo la cola a lo lejos. Todo comienza a renacer.
Me echo en la tumbona con el ordenador sobre las rodillas y dejo que un suave balanceo me meza. Mi cuerpo, leve como una pluma se empapa de los colores de la primavera, de sus sonidos. En mi cabeza se mezclan los olores del romero, la hierbabuena, los bollos recién hechos en el horno cercano. Me pierdo en este bosque de sensaciones que puebla todos mis sentidos. Cierro los ojos y me dejo inundar por la paz que me rodea. Ahora es el zumbido de alguna abeja y el murmullo lejano de una feria lo que ocupa mi mente.
Un vaso de refrescante té me hace compañía, el olor de la menta llega a mi nariz incitándome a alargar una mano y beberlo, es un sabor suave, cálido, que se desliza por la garganta, impregna mi boca y cuyo recuerdo perdurará, reaparecerá trayéndome la sensación de bienestar que ahora respiro.
Abro los ojos lentamente, me incorporo perezosa para dejar unas letras en el ordenador. Las teclas bailan ágiles bajo mis dedos. Las hojas de los árboles interpretan para mí una danza sensual, la enredadera compite con ellas para regalarme un verde aún más brillante. Las nubes van y vienen dibujando figuras de algodón allá en lo alto. La brisa me envuelve como un manto invisible. Sonrío, la paz lo inunda todo. Plenitud.
lunes 30 de noviembre de 2009
Monocromático

Otro día más amanece la lluvia llorando en los cristales, y el gris es el color que cubre la mañana. Las casas que despiertan, los coches que encienden perezosos sus motores, el perro de la esquina que ni siquiera ladra, hasta los hombres se han convertido en ceniza gris.
Abandono la cama torpemente, mi cuerpo es una gran mole granítica que no obedece a mi cabeza, de hecho ni siquiera sé si tengo cabeza. Apenas puedo empujar las teclas del ordenador, las palabras salen densas, como una espesa niebla que llena la habitación.
El café ha perdido su olor, sólo huele a humedad. Deja el regusto amargo del desencanto en mi garganta, pero éste también desaparece como tragado por la nada. No me quema, ni su recuerdo permanece en mi boca. Sólo el insípido sabor del vacío.
Quiero salir al trabajo pero mi camino se ha borrado, tengo miedo, me encierro, oigo la lluvia aporreando la ventana, persistente, monótona. Orada los cristales sin prisa, abriendo un resquicio por donde inundarlo todo. Lloro. Un viento helado se cuela en la habitación, en mi cuerpo, en mi mente, en mi alma. Me seca las lágrimas. Todo es ceniza. Gris. Nada.
miércoles 25 de noviembre de 2009
25 Noviembre

Por cada mujer convencida de que no es nada
hay un niño que aún es menos que eso.
Por cada mujer que se acuesta con miedo
hay un niño viviendo en sus pesadillas.
Por cada mujer con la cara golpeada
hay un niño aprendiendo a golpear.
Por cada mujer viviendo en la prisión que es su hogar
hay un niño enjaulado.
Por cada mujer humillada por su pareja
hay un niño tratando de desaparecer.
Por cada mujer violada en su lecho
hay un niño convertido en autista.
Y detrás de cada mujer muerta a manos de su compañero
¿Habrá un niño asesino?
Los psicólogos consideran que los modelos se repiten, perpetuándose el denominado “ciclo de violencia” por el que niñas maltratadas y niños maltratados o testigo del maltrato, acaban convirtiéndose en maltratadores. De esta manera, los modelos familiares y los roles sexuales transmitidos en la educación más primaria del individuo, tienen mucha más influencia que la educación recibida posteriormente.
hay un niño que aún es menos que eso.
Por cada mujer que se acuesta con miedo
hay un niño viviendo en sus pesadillas.
Por cada mujer con la cara golpeada
hay un niño aprendiendo a golpear.
Por cada mujer viviendo en la prisión que es su hogar
hay un niño enjaulado.
Por cada mujer humillada por su pareja
hay un niño tratando de desaparecer.
Por cada mujer violada en su lecho
hay un niño convertido en autista.
Y detrás de cada mujer muerta a manos de su compañero
¿Habrá un niño asesino?
Los psicólogos consideran que los modelos se repiten, perpetuándose el denominado “ciclo de violencia” por el que niñas maltratadas y niños maltratados o testigo del maltrato, acaban convirtiéndose en maltratadores. De esta manera, los modelos familiares y los roles sexuales transmitidos en la educación más primaria del individuo, tienen mucha más influencia que la educación recibida posteriormente.
martes 24 de noviembre de 2009
Placeres

Placeres cotidianos
Caminar descalza por la hierba sin cortar; jugar a las cuatro esquinas entre los aspersores y reír a carcajadas mientras piensas que cada día estoy más loca; espiar a la lagartija que se arrastra nerviosa por el muro o a la araña que teje su trampa lentamente, y esperar paciente para ver como la avispa cae en ella; cerrar los ojos y oír mezclados los trinos de los pájaros y las voces a lo lejos sin interesarme lo que dicen; dejarme acariciar por el aire cálido de la tarde mientras el mundo se esconde del calor; oler el aroma a bizcocho recién hecho insinuándose desde la cocina; saber que no tengo a nadie a mi alrededor y mi tiempo, al menos brevemente es sólo mío; escuchar el motor de un coche y saber que eres tú; dormirme exhausta entre tus brazos y amanecer acurrucada en ellos; el masaje de sus manos en mi cuello aún sabiendo que algo me va a costar porque es un zalamero; nuestros diálogos de besugos a la hora de la cena y las risas de la sobremesa; el bocata de jamón con tomate después de una semana de régimen.
Placeres extraordinarios
Quedarme dormida sobre la hierba y al abrir los ojos ver sobre mí el cielo azul enmarcado por las altas crestas de los montes; la lluvia golpeando rítmicamente el techo de mi caravana mientras leo ese libro gordo que lleva meses tentándome desde la estantería; el último fin de semana de junio cuando el trabajo se ha acabado de repente; despertarme al amanecer para ver partir a las barcas desde un puerto en algún rincón de La Costa de la Muerte; un atardecer en alta mar; su amplia sonrisa al entregarme el boletín de notas aprobadas y su abrazo ante mi comentario de que la mitad me pertenece; las copas y la charla con amigos arreglando el mundo a altas horas de la madrugada; una cena a solas contigo sin prisa para volver a casa; la bajada del Puerto del Escudo de madrugada, cuando el mundo empieza a despertarse; el agua del mar acariciando mi piel bajo las estrellas; escribir algo que me guste especialmente (éste es un placer realmente extraordinario). Vivir.
Caminar descalza por la hierba sin cortar; jugar a las cuatro esquinas entre los aspersores y reír a carcajadas mientras piensas que cada día estoy más loca; espiar a la lagartija que se arrastra nerviosa por el muro o a la araña que teje su trampa lentamente, y esperar paciente para ver como la avispa cae en ella; cerrar los ojos y oír mezclados los trinos de los pájaros y las voces a lo lejos sin interesarme lo que dicen; dejarme acariciar por el aire cálido de la tarde mientras el mundo se esconde del calor; oler el aroma a bizcocho recién hecho insinuándose desde la cocina; saber que no tengo a nadie a mi alrededor y mi tiempo, al menos brevemente es sólo mío; escuchar el motor de un coche y saber que eres tú; dormirme exhausta entre tus brazos y amanecer acurrucada en ellos; el masaje de sus manos en mi cuello aún sabiendo que algo me va a costar porque es un zalamero; nuestros diálogos de besugos a la hora de la cena y las risas de la sobremesa; el bocata de jamón con tomate después de una semana de régimen.
Placeres extraordinarios
Quedarme dormida sobre la hierba y al abrir los ojos ver sobre mí el cielo azul enmarcado por las altas crestas de los montes; la lluvia golpeando rítmicamente el techo de mi caravana mientras leo ese libro gordo que lleva meses tentándome desde la estantería; el último fin de semana de junio cuando el trabajo se ha acabado de repente; despertarme al amanecer para ver partir a las barcas desde un puerto en algún rincón de La Costa de la Muerte; un atardecer en alta mar; su amplia sonrisa al entregarme el boletín de notas aprobadas y su abrazo ante mi comentario de que la mitad me pertenece; las copas y la charla con amigos arreglando el mundo a altas horas de la madrugada; una cena a solas contigo sin prisa para volver a casa; la bajada del Puerto del Escudo de madrugada, cuando el mundo empieza a despertarse; el agua del mar acariciando mi piel bajo las estrellas; escribir algo que me guste especialmente (éste es un placer realmente extraordinario). Vivir.
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