jueves, 3 de febrero de 2011

Don Sepronio


Don Sepronio vivía en el mismo pueblo desde tiempo inmemorial. Todo el mundo le conocía y casi todos de una forma u otra habían pasado por sus manos. Era un hombre afable a su manera, estaba acostumbrado a mandar y a que nadie dudase de su palabra ni se cuestionase ninguna de sus afirmaciones. Jugaba al dominó en el bar del casino, aunque ganara o perdiese él nunca pagaba ninguna ronda, siempre conseguía que alguien le invitase.

También adoctrinaba a los niños de la escuela. La mayor parte de los chicos del pueblo, generación tras generación había oído las mismas historias, los mismos consejos e idénticas amenazas de la boca de don Sepronio. Tal vez por eso todos estaban acostumbrados a la forma de ser de este personaje, soltaba sus verdades sin derecho a réplica, él siempre tenía la última palabra. Y no digamos nada en su “trabajo”; allí era el único que hablaba, todos los demás se limitaban a escuchar, sin preguntas, callados frente a él.

Don Sepronio se había acostumbrado a su papel, a ser el que cerrase la conversación imponiendo su punto de vista de un modo tajante aunque sin perder nunca la compostura, como él decía “mano de hierro con guante de seda”. Finalmente había convertido esto en una costumbre. Un privilegio muy dudoso éste de pronunciar las últimas palabras, porque ser el último conlleva acallar cualquier réplica y tal actitud no suele estar acompañado por un acto de inteligencia sino de soberbia. No importaba lo necia que pudiera ser su opinión, su posición le permitía que nadie le contestase.

No pensemos que don Sepronio era un ejemplar único en su especie. Este vicio está muy extendido entre políticos mercachifles, periodistas de tres al cuarto, escritores que se creen en posesión de la razón por escribir una columna en un periódico popular o por cosechar éxitos de venta, profesores que tienen el “público” garantizado y como no sometido, y por supuesto entre los curas. Todos estos personajes utilizan su poder, su audiencia para exponer, imponer sus ideas a la vez que tratan de humillar a quienes no comulgan con ellas. Ah, se me había olvidado decirles que don Sepronio era el cura del pueblo, imagino que ya lo habrían adivinado.

Pasó que los tiempos fueron cambiando. Los jugadores de dominó cada vez eran más viejos, los niños más indomables, la iglesia se iba quedando más vacía e incluso los que iban le oían sin escuchar. A las pobres beatas de toda la vida, las únicas que le hubieran prestado atención la edad las iba volviendo sordas y la gente del pueblo ya no se paraba a charlar con el párroco, o si lo hacían era en medio de compromisos ineludibles que les hacían salir corriendo casi dejándole con la palabra en la boca. Don Sepronio se dio cuenta de que hablaba solo, ni siquiera su monaguillo le prestaba la más mínima atención.

Se tomó la situación como había hecho siempre, de un modo tajante y sin perder la compostura. Aquel domingo la campana llamó a misa de un modo extraño y a deshora. Un solo toque, seco. Los vecinos más cercanos se acercaron a la parroquia con curiosidad. Don Sepronio, arreglado para celebrar la eucaristía colgaba cual badajo en el campanario. Estaría bonito, ni Dios iba a conseguir que él no dijese la última palabra.

lunes, 24 de enero de 2011

Mordiscos


“El beso es un mordisco que aprendió educación.”

Morderme los labios y parecer tranquila
humedecerlos con la lengua,
contener el aliento, esperando
cuando te veo aparecer a lo lejos.

Morderte los labios,
cuando tu boca se acerca a saludarme
y siento el leve temblor de tu cuerpo
mientras me escondes en tu abrazo.

Morder el lóbulo de tu oreja
mientras quedo pregunto
cómo te ha ido el día
sin que me importe la respuesta

Esperar tu mordisco en mi cuello
a la vez que retiras suavemente mi pelo
y tu aliento se tatúa a fuego en mi nuca
al oír que el día empieza ahora.

Separarme de ti sólo el instante previo
a que mi ropa deje de cubrirme
y tus besos recorriendo mi cuerpo
pierdan la poca educación que aún les queda.

miércoles, 5 de enero de 2011

Para un angel


Niña bonita
cuida tú de ese ángel
revolotea

Revolucionas
Con tu risa infantil
El cielo entero.

Son las estrellas
Las luces que te alumbran
Sonrisa eterna

Te balanceas
Escondida en la luna
Quedas dormida

Cuando despiertas
Es el sol que ilumina
Acá en la Tierra.

martes, 7 de diciembre de 2010

Senryus de lluvia



Lluvia cayendo
se filtra hasta mis huesos
¿agua o deseo?

Moja mi cara
se cuela por mis labios
mi mente vuela

Ropa empapada
la quito poco a poco
cierro los ojos

Ducha caliente
reconforta mi cuerpo
eres la espuma

Tarde lluviosa
fuego en la chimenea
música suave

Se apaga el día
sólo una melodía
mientras te espero.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Crónica del desamor. Él


Ya sabes como soy, difícil de tratar. Te quejas de que aquí, encerrado en mi mundo y en mis letras a veces parece que me olvido que existes, que paso por tu lado sin pasar por tu vida. Y otras veces en cambio, cuando el invierno llega a mis entrañas en pleno mes de julio, o en diciembre, te escupo frío y voces a la cara y hielo tus sentidos y los míos.

Te quejas de que ya no te admiro cuando te compras ropa nueva o te cambias el pelo. De que no desgastamos las mañanas de domingo que nos llevan al lunes sin paréntesis entre las cuatro paredes de nuestra habitación, buceando entre tus risas y mis letras, tus bocetos siempre inacabados y mis cuadernos llenos de ti hasta no dejar ni un solo espacio blanco.

Añoras los momentos en que te hacía sentir que eras el sol que me abrasaba, la fuerza necesaria para crear la vida y mis poemas. Inventaba palabras para ti en mil idiomas, te regalaba estrellas en el cielo y pintábamos mofletes a la luna que se escondía de puro cansancio cuando la madrugada nos encontraba compartiendo con los gatos que paseaban los tejados palabras y cigarros detrás de una ventana abierta a la ilusión.

Ya sabes como soy. Tal vez ahora me falten las palabras contigo, quizás porque vengo cansado de vender mis ideas brillantes envueltas en belleza. Y el humor se me empañe con tus vestidos nuevos que pretenden mostrarte como la adolescente que ya queda tan lejos mientras esconden a la mujer madura en que pudiste haberte convertido. Y puede que las llamas que despertaba tu cuerpo junto al mío ahora sean rescoldos. Y esas cuatro paredes se me queden pequeñas. Y el tiempo ahora pasa demasiado deprisa para dejar que los sábados se conviertan en lunes.

Pero me tiemblan las rodillas cuando te veo salir de tu oficina con ese pisar fuerte. Y también cuando veo la tristeza reflejada en tu rostro y sé que estás pensando en mí. Y entonces te introduzco en un cuento, y te regalo un hombre que te arrulle en sus brazos y que cubra del frío de ese invierno de julio. Y te pinto un paisaje lejos de mi ruido y mis torpezas que tanto te lastiman.

Y me oculto en una burbuja de silencio que no puedes romper para no decir esas barbaridades que a veces salen solas, ya sabes, por no estar callado. ¿No has visto mis cuadernos? Tantas líneas en blanco, manchas de mantequilla que dibujan las palabras que no salen de mi boca. Ódiame por negarte esa caricia en la mejilla, por mi estrategia estúpida de esconder la cabeza bajo el ala, de chillar para no oír los gritos del silencio que rompe nuestros tímpanos.

Ya sabes como soy. Podría vivir sin tu risa enmarcando los momentos en que la alegría nos lleva de la mano. Me basto yo solito para caminar aunque no tenga tus huellas que seguir. Tengo mis musas como compañeras, y los mundos, los míos y los ajenos como aliados. No me rompería disfrutando de mi soledad tantas veces buscada, y sé que tú tampoco.

Pero quiero que sepas que en las madrugadas, cuando el primer rayo de sol atraviesa la persiana y se clava en tu espalda, no quisiera otros brazos que no fueran los tuyos. Y los días serían más nublados si tú no practicases ese rito de abrir de par en par cada ventana. A mí también me invade el tedio y me invento otros sueños, esta vez para mí, sin que me paguen, y en ellos hay otras bocas, otros besos lentos, húmedos, con fuego. Pero me faltan las conversaciones, y las noches son negras porque soy incapaz de encontrar las constelaciones, esas que tú me regalaste, que bautizaste para mí.

Por eso ahora me quedo tumbado, quieto en esta cama mientras te veo salir a la terraza, y presiento que las lágrimas bañarán tu rostro y a la vez que su sal escapará alguna brizna más de tu ilusión. Y me hago el dormido, derrotado, una vez más sin encontrar el final feliz para esta obra maestra. Conformándome con un punto y aparte, con un gato que maúlla, y despertar mañana con los rayos de sol cual puñales refulgiendo en tu espalda.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Crónica del desamor. Ella


Miró hacia él tendido en esa cama junto a ella y descubrió que su alma se convertía en llanto y se le derramaba, y sintió como si el vaso de su cuerpo no fuera suficiente para contenerla. Lo observó desde esa rendija que aún permanecía abierta pensando seriamente en dar el portazo definitivo.

Podía oír en su cabeza los suspiros, gritos, el odio escupido en las discusiones, los irrefrenables llantos de las noches en vela y las notas de nostalgia que rompen su voz. Estaba convencida de que todos podían oírlo, que los sonidos se escapaban por la ventana abierta en el vacío y volaban cubriendo la ciudad. Pero él no, él sólo escuchaba el tenue ronroneo de un gato que se desvela junto a ellos y maúlla su placidez tras ese simulacro del amor.

Él se colgó del balcón de sus ojos pero ya no sabía mirar dentro de ellos, ya no veía su necesidad de una caricia en la mejilla mientras elegían las manzanas en el puesto de fruta, ni el mar de posibilidades que le brindaban un sábado por la tarde más allá de cine y palomitas. Era como si ella fuera invisible para él que pasaba de largo por su alma y tal vez por su cuerpo, sin observar el par de lágrimas que pugnaban por saltar y a las que nunca dejaría escaparse de sus turbios ojos.

Él se quedó sin habla la primera vez que se cruzaron en el bar de la facultad, y ahora ya no sabía que decir. Su brillante elocuencia le abandonaba cuando se encontraban frente a las tostadas con mantequilla en la mañana o recostados en el sofá delante del televisor en la sobremesa. Ni siquiera parecía encontrar las palabras para hacerse a la idea de que el tedio les estaba ganando la partida.

Ella reía a carcajadas cuando él se extasiaba, asustado ante su cuerpo perfecto de ninfa enamorada, con miedo de tocarlo y deshacer la magia, y que dieran las doce, mas el fuego que desprendía su pasión deshacía los hielos y convertía las risas en jadeos y las calabazas en carrozas. Le mira y la sonrisa se tiñe de la melancolía recordando la tibieza de cada uno de sus besos. Y se levanta, y mirando su cuerpo ya dormido se esconde en la terraza para que la brisa de la noche de agosto sea quien le acaricie.

Y le sigue mirando, quiere retener su presencia en un instante para después, al llegar la mañana buscar en los bolsillos, en cajones y armarios dónde están las razones a tantos sin sentidos, a miradas ausentes, conversaciones sin nada que decirse. Quiere salir de allí y encontrar ese trocito de parque en que se acurrucaban y en el que aún sin duda permanece, escondido en la hierba, el sueño que guardaban y que no habrá sido roído por el tiempo, los azares, la vida fuera de ellos, esa que sí han sabido alimentar con mimo. Y se quiere marchar, volar muy alto, encontrar otros sueños por los que luchar.

Y piensa en los papeles que tendrá que tirar, los e- mails que tendrá que borrar, las apuestas perdidas, las canciones que nunca volverán a tener sentido porque ya no vendrán de su mano. Y en la cama ocupada por un cuerpo que no es el suyo, en vestirse y abandonar la casa del amigo para ir al trabajo, y en la pantalla ya vacía de mensajes. Y llora en el frescor de la noche de agosto, sentada en la terraza. Y deja que sus lágrimas se derramen, y ardan, y cautericen su dolor aunque sólo sea momentáneamente, y se lleven al menos esa parte podrida que le deja el vacío, y le anestesien, y le dejen dormir hasta la madrugada.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Día de difuntos


Muerte, amiga, ven
que te estoy esperando.
No vistas manto negro
sino tu mejor capa roja
y vamos a bailar.

No amiga, no me asustas,
eres libertad, y silencio
y vendrás a buscarme
el día que tú quieras,
yo te estaré esperando.

No, no disimules
tu color es el alba.
La luz de la ruptura
de cadenas absurdas
te acompaña.

Ven novia fiel,
peinate los cabellos
y ponte los zarcillos
que hoy estamos de fiesta
y quiero disfrutarla.

No faltes mi leal compañera,
no te retrases.
Te invitaré a una copa de champán
y beberemos sin dejar de mirarnos
cara a cara.

Y juntos, abrazados
saldremos caminando
erguidos, con la cabeza alta
porque a la muerte
se la mira de frente y a los ojos.

Muerte, mi amante, ven
que ya estoy preparado.
No me hagas esperar
no sea que cambie de opinión
y te ponga los cuernos con la vida.