lunes, 16 de noviembre de 2009

Poema


Hacía tiempo que sus noches habían cobrado un significado distinto. Durante el día sólo era una más entre las mujeres que salían temprano a trabajar, se ocupaban de que todo estuviese listo en casa, hacían en fin de amas de casa perfectas, y así una jornada tras otra.

Cuando todos dormían tenía lugar la transformación, comenzaba su febril actividad. Sus dedos se adueñaban del bolígrafo y escupían versos, estrofas, imágenes plagadas de sentimientos, de sensaciones hasta terminar exhausta. Entonces, tras unos breves instantes en los que sólo oía el silencio se iba a dormir, relajada, feliz.

A la mañana siguiente, cuando leía sus propios textos le parecían escritos por un extraño, no llegaba a hacer suyas esas figuras sin demasiado sentido, aquellas frases oscuras pero llenas de fuerza, de vida, pero otra vez al llegar la noche el ritual comenzaba, como si una energía externa le deslizase el bolígrafo sobre el papel.

Tras una temporada de febril actividad dejó de escribir por completo, no le hacía falta, la paz la embargaba y esas noches en soledad eran innecesarias, sintió que ya no tenía nada que aportar a este mundo.

En el funeral, su marido, sereno, sin un quiebro en la voz leyó uno de sus poemas. Lo guardó en su bolsillo y se sentó. Una silenciosa lágrima le quemaba la mejilla. Ese pedazo de papel encerraba más de ella que lo que él había logrado entrever en su larga vida en común.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Vivir al fin



Esa tarde no cogió el ascensor, subió las escaleras hasta el tercer piso lentamente, con la mirada perdida. Mecánicamente se paró delante de la puerta del 3º B y buscó la llave, con movimientos torpes la metió en la cerradura. Una vez dentro dejó caer al suelo el bolso y la gabardina que llevaba en el brazo, se dirigió al cuarto de baño sin saber muy bien para qué. No quería llorar, no quería sentir pena de si misma, pero terminó dejando que las lágrimas empaparan su rostro, que el sollozo quedo del principio se convirtiera en un irreprimible llanto; levantó la tapa del vater y vomitó toda la bilis que había en su estómago hasta quedarse extenuada, resbaló poco a poco hasta quedar sentada en el suelo, doblada sobre si misma y sin querer contener las lágrimas. Estuvo así hasta quedarse seca.

Después dejó que se llenara la bañera y se dio un largo baño, hoy no quería ahorrar más agua, había dejado de importarle la sequía y decidió derrochar, gastó agua a raudales, y aquel gel tan caro que se compró en uno de esos momentos de euforia en que quiso ser la mujer más hermosa del mundo para algún “él” que ya no recordaba. Se embadurnó con esa crema hidratante que sólo usaba en los momentos especiales, tiró todos los potingues baratos que solía permitirse. Después le tocó el turno a su armario, se deshizo de los jerseys de mercadillo y de los vestidos de años anteriores que almacenaba por si se volvían a llevar. Anuló la cita con el dentista y la comida con su hija, sabía que la contaría el último problema que había tenido con su novio, o con su compañera de piso, o con el sueldo que no le llegaba para comprar todos los caprichos que continuamente se daba.

Se dirigió a la oficina y entró en el despacho de su jefe. Por el camino iba pensando en decirle lo despreciable que era, lo que le dolía sentirse explotada por él y lo que le repugnaba tener que aguantar su aliento cerca de ella cada vez que le dictaba una carta o le daba instrucciones sobre cualquier tema. Finalmente decidió que no valía la pena. Simplemente pidió la cuenta y se despidió con un “hasta nunca”. Fue a la mesa de aquel compañero casado con el que se veía a escondidas desde hacía meses y le dio un apasionado beso que él, desconcertado, no rechazó; las normas de la empresa prohibían las relaciones entre trabajadores pero ella acababa de romper su contrato laboral le explicó, así que no tenía que preocuparse, tampoco por su mujer, no creía que “lo suyo” durase demasiado.

Finalmente pidió un taxi que la llevase al aeropuerto y compró un billete de avión, del primer avión que despegase, sólo de ida, no tenía pensado regresar.

El día que el doctor le leyó su sentencia de muerte, comenzó a vivir intensamente.


domingo, 8 de noviembre de 2009

En el número siete





Tengo un piso alquilado en el número siete. Es un apartamento muy pequeño, casi un trastero a no ser por la luz de la luna que se cuela, sigilosa por las ventanas, rasgando la penumbra que me envuelve en las noches eternas de un mes de abril que robé a un calendario e hice mío para siempre. Es poco más que un cuarto donde viven mis libros y mi música; donde se esconden los sueños rotos al chocar con los muros de la realidad que dibujan tantos hombres de traje gris.

En esa solitaria habitación, en las mañanas abro de par en par las dos ventanas y tomo asiento con el portátil sobre las rodillas o tirados los dos sobre la cama. Y me dejo con placer bañar por él, por el rey, cual Eva tomando el sol. Absorbo su calor que me recorre y se desprende por la yema de mis dedos violando el blanco inmaculado que me regala la pantalla. Y pierdo la noción de los días y las noches al ritmo que marca mi vecino del cuartucho de al lado, que dice que es poeta y se inventa canciones y cuenta que quiere *“recuperar de nuevo el nombre de las cosas, llamarle pan al pan, vino llamar al vino y al sobaco sobaco”

Y me refugio de la vida cotidiana sin móvil ni Internet hasta que un gato comienza a maullar cerca de mi ventana diciéndome que es hora de volver a los ruidos que no son más que signos de vida cotidiana, y esperando de nuevo regresar a mi guarida, la del número siete.

Se me olvidó deciros el nombre de la calle. No podía ser otro, Calle Melancolía.


* El entrecomillado pertenece a la canción “Palabras como cuerpos” de Joaquín Sabina, culpable al fin y al cabo de todo el texto.



Ésta es para ti, porque te gusta Sabina, como a mí.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Fantasmas


Ellos aún están de vacaciones, su tiempo pasa con la laxitud que sólo a su edad se puede disfrutar. Los pasillos y las aulas siguen vacías de alumnos. Sólo fantasmas pueblan los espacios. Fantasmas que te rodean, te sobrepasan mirándote de reojo, sin apenas ocuparse de ti. Te recuerdan los propósitos no cumplidos de principios de cursos anteriores, cambios no realizados, cuadernos no corregidos, promesas olvidadas. Y mientras tú te planteas uno y mil proyectos para este nuevo curso, ellos se ríen, cuchichean, te señalan con ese dedo imaginario. Saben que otra vez, dentro de unos pocos meses, encontrarás excusas para el incumplimiento de tantas promesas hechas a ti mismo.


Los ves sentados a las mesas, no sabes cómo pero ahí están, son los alumnos por los que no hiciste suficiente, los que no supiste ver, los que no daban guerra y ni notaste que estaban en clase, los que nunca salían voluntarios, los que ni siquiera entendían lo que decías porque no hablaban tu lengua. Este año lo harás, te fijarás en ellos, les ayudarás desde el primer día. Y oyes las carcajadas mudas, ves sus caras escépticas, despectivas, espeluznantes. Y se te pone la carne de gallina cuando te das cuenta que los fantasmas se transforman en sillas invertidas sobre las mesas, invertidas como lo hiciste tú cuando te convenciste de haber hecho todo lo posible y el borrador deja virgen, inmaculada la pizarra de tu conciencia.


En los patios dormitan los fantasmas más ruidosos. Los del juego olvidado, de las canastas hambrientas de mates, las porterías en espera de los goles, esos con los que les preñan los chavales de rodillas rotas y los otros, los que intentamos meter pero ellos, todos inteligentes paran una y otra vez haciéndonos retirar la mirada.


Y me siento en la sala de profesores vacía, en la que se desplazan apenas en un murmullo los fantasmas escondidos en las tazas de café, los que saben de críticas veladas, de cotilleos dichos en voz baja, de dimes y diretes. Salgo recorriendo otra vez los pasillos, miro de frente a los fantasmas, les pido otra oportunidad, una más. Tras la ventana, por el portón de la verja comienza a oírse el bullicio de los primeros alumnos.


Comienza un nuevo curso. Respiro. No me gusta cuando se puede oír el eco del silencio.

jueves, 1 de octubre de 2009

El fantasma


Una noche más entraste en su habitación, la viste tendida en su cama. Ahí desnuda, sin más sábana que su piel resultaba turbadora, deslumbrante. De nuevo te quedaste paralizado por su belleza que incitaba a acariciarla. Ella te mostraba sus muslos, la curva de sus caderas, dejaba entrever uno de sus delicados pechos, pero tú seguías inerte, maravillado ante la mujer que allí dormía, con miedo de tocarla por si el roce de tus dedos mancillaba ese espléndido traje. Una mujer joven que parecía ofrecer su cuerpo sin saber a quién. Te sentaste en el sillón sin dejar de mirarla, como llevabas haciendo noche tras noche casi una eternidad pensando que en ocasiones como ésta valía la pena eso de ser fantasma.


De pronto ella se levantó muy despacio, se dirigió hacia el sillón vacío desde donde tú la observabas absorto a la vez que sorprendido. Parecía tan segura. Se detuvo justo delante de ti y mirando a través de tu cuerpo inexistente extendió sus brazos pidiendo los tuyos. A pesar de tu asombro no pudiste resistirte y tus manos se aproximaron a su cuerpo casi hasta rozarla levemente, como si fueses suave brisa. Ella se acercó más a ti y con una maestría inesperada hizo caer la sábana que te cubría. Te sentiste desnudo, indefenso después de tantos siglos. La mujer te abrazó, te cubrió con el vestido de su piel perfecta que utilizó para dibujar cada línea de tu cuerpo. Así, sin dejar de abrazaros ni un momento deshicisteis la cama. Cuando la luz del alba se colaba por la ventana ella descubrió para quién había sido el ofrecimiento eterno de su cuerpo, y tú te diste cuenta de que la invisibilidad de los fantasmas a veces es sólo una leyenda.

martes, 13 de mayo de 2008

Amores lésbicos


No es fácil decirte lo que siento, ni lo es rozar tus manos encima de la mesa, ni mirarte a los ojos y soportar tu mirada en la mía. No puedo aparentar serenidad cuando tu risa fresca me hace temblar como una espiga, cuando te quito descuidada un pelo inexistente en tu hombro desnudo. No puedo ver tu vestido cayendo en el probador de señoras sin sentir como vibra todo mi cuerpo, ni puedo acompañarte en cada viaje de negocios y compartir habitación contigo y aparentar que no te quiero.

No me hizo falta hablarte cuando por fin tus dedos respondieron a mi mano encima de la mesa y tus ojos se perdieron en los míos, y tu risa se cegó en mi boca y mis manos recorrieron tu pelo mientras las tuyas quitaban el tirante de mi blusa y fuimos dos espigas al viento acariciándonos los senos. Y los vestidos acabaron en el suelo ayudados por nuestras torpes manos que se volvieron sabias dibujando nuestras curvas, jugando con nuestras caderas. Y desde entonces ya no han hecho falta más viajes de negocios, compartimos habitación y casa y ya puedo decirte que te quiero.

jueves, 24 de abril de 2008

Consejos de andar por casa

Haz de tu vida virtud
De la virtud costumbre
De la costumbre lema
Y verás lo aburrida que es la vida



No creas esa gran mentira “las oportunidades sólo pasan una vez en la vida”. Lo que tienes que hacer es tener los sentidos alerta y cuando pasen, agarrarlas aunque sea de los pelos.


Ríete de quien tienes a tu lado,
Ríete del vecino de enfrente,
Ríete de tu jefe,
Ríete de tus hijos,
Y sobre todo, ríete de ti mismo.




No bebas, no fumes, no engordes, no maldigas, no blasfemes, no peques. Serás un muerto modélico.

Ríe, llora, grita, canta, disfruta, sufre,
Sueña, VIVE